
Portada generada con Sora
En ocasiones, la fantasía y la ciencia ficción pueden entremezclarse hasta el punto de no ser capaces de distinguir en qué momento comienza y termina cada una. Varios autores se han aventurado a explorar los territorios fronterizos de ambos géneros en sus obras, como Richard Matheson en Soy Leyenda (1954), donde el autor trata de justificar una causa fantástica (la transformación de las personas en vampiros) con una explicación científica: la enfermedad causada por una bacteria.
En este relato original, titulado Candela, he buscado, al igual que Matheson, hacer plausible que un hecho fantástico o pseudo fantástico tenga cabida en el contexto de la ciencia ficción. Espero que lo disfrutes:
Candela mantuvo en la palma de una mano una tostada mientras la otra la sumergía
en la jarra de leche. En menos de un minuto ya estaban humeando. Las agarró con la
punta de los dedos y las sirvió con rapidez.
— ¿A qué hora volverá tu padre? — le preguntó Marieta mientras observaba cómo
se lavaba las manos con una mueca de dolor.
— No creo que tarde, deberíamos regresar antes de las doce.
El padre de Candela, el prestigioso doctor Hook, se la había llevado a sus Estados Unidos natal cuando la madre murió. Marieta sintió que le habían arrancado a la que consideraba su hermana. Pero aquel verano habían regresado porque el doctor había decidido ofrecer sus servicios en el hospital del pueblo. Por fin las chicas estaban juntas de nuevo. Querían aprovechar las vacaciones y recuperar el tiempo perdido.
— Buah, Can, ¿recuerdas la vez que la profe de Primaria nos suspendió a todos? —
rememoraba Marieta — ¡Le robaste la hoja de las notas y se la fundiste! Me quedé
flipando la primera vez que te lo vi hacer.
— Aún a día de hoy sigo sin entender cómo solo tú fuiste la única en darse cuenta.
Candela no quería que se supiera. Tenía miedo de que se la llevasen a un laboratorio e hiciesen experimentos con ella, como en las películas de ciencia ficción. Su madre le dijo antes de morir que no debía saberlo nadie, pero ese secreto pasó sin poder evitarlo a su mejor amiga, que jamás dijo nada sobre el tema. Ser partícipe desde pequeña del secreto la hacía sentir importante, testigo de un superpoder que solo ellas dos disfrutaban.
Antes de subir al coche, Candela se puso los guantes negros especiales. Tal y como Marieta recordaba, no los podía sacar para casi nada: quemaba todo lo que tocaba. Al regresar de su paseo, el padre de Can estaba en la cocina, limpiando las migas.
— ¿Habéis desayunado tostadas? — preguntó. La hija asintió — ¿Cómo las habéis
hecho?
— Con el tostador. ¿Con qué si no?
— Candela, lleva dos semanas estropeado.
Marieta tragó saliva. Se imaginó que el gran Hook gritaría por ignorar la realidad todo ese tiempo. Pensó que después se dirigiría a ella, la amiga cómplice, que la insultaría en inglés y la amenazaría con mover hilos en el hospital para que no pudiera hacer las prácticas. No obstante, en lugar de todo eso, se limitó a suspirar.
— A mamá también le pasaba — no se anduvo con rodeos —. Lo descubrí poco después de nuestra boda. Cuando trabajaba en el hospital de la ciudad, la llevé allí y le realicé unas pruebas clandestinamente. Descubrí que tenía eritromelalgia.
A Marieta le sonaba el término del segundo año de Medicina. Se trataba de una dilatación paroxística de las pequeñas venas de las manos o también de los pies; era molesta y podía causar dolor debido al aumento de temperatura que se producía en la zona en cuestión. Pero no entendía cómo a Can y a su madre les afectaba de esa manera.
— Una vasodilatación no podía producir tales efectos, tenía que haber algo más — el hombre confirmó sus dudas —. Continué haciéndole pruebas hasta que, después de mucho indagar, di con el origen: LES.
— ¿LES? — Candela se mostraba confundida.
— Lupus Eritematoso Sistémico —aclaró Marieta —. Es una enfermedad inflamatoria crónica multisistémica que afecta sobre todo a mujeres jóvenes. Puede ser por causa genética, hormonal o por factores ambientales — se aventuró a dirigirse al padre —. Pero eso no justifica la reacción desmesurada de los síntomas.
— Te has olvidado algunos detalles. Entre los factores ambientales, uno de los posibles causantes es el VHC.
— ¿Hepatitis C? Pero eso es muy raro.
— Lo sé, pueden darse casos aislados. De todos modos, la causa de la anomalía no es el virus, sino una mutación de este. ¿Cómo? Quién sabe. Lo único que logré descubrir es que queda latente en el cuerpo y puede ser hereditario.
Marieta se llevó una decepción en parte, pues le hubiera gustado seguir creyendo en la magia y pensar que su amiga tenía superpoderes de verdad. En ningún momento se le pasó por la cabeza — o no quiso creer — que aquello pudiera tener una explicación científica.
— ¿Entonces ya lo sabías? — preguntó Can a su padre.
— Sabía que podías heredarlo, pero no le quise dar vueltas al tema. Hasta que me di cuenta con el tiempo de los guantes negros. Al principio los asocié a tu look, pese a que me extrañaba que también los pusieras en verano — ambas amigas se miraron de reojo en silencio —. Además, cuando tu madre te sostuvo por primera vez en brazos, te agarró las manitas y, acto seguido, las soltó con un gesto de dolor, pero sonriendo. ¿Por qué crees que te quiso llamar Candela?

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