Una acción, según quién sea el supuesto que la vive o la observa, puede abordarse desde perspectivas diversas e, incluso, sentirla de distinta manera. Es un poco como un juicio: de un mismo hecho hay dos versiones (la del acusado y la del acusador), y el juez ve lo ocurrido «desde fuera». Aunque la acción sea la misma, los matices que le añade el que la narra pueden tornarla diferente y contemplarse de distinta manera según quién la cuente. Al final, de una sola realidad puede haber varias.
En la literatura pasa lo mismo: según quién cuente la historia, aunque esta sea la misma, el personaje que la cuenta puede añadir detalles que otro no, contarla de forma distinta a como lo haría otro. Pongamos como ejemplo un fragmento de Últimos atardeceres en la tierra de Roberto Bolaño:
B y el padre de B salen de vacaciones a Acapulco. Parten muy temprano, a las seis de la mañana. Esa noche, B duerme en casa de su padre. No tiene sueños o si los tiene los olvida nada más abrir los ojos. Oye a su padre en el baño. Mira por la ventana, aún está oscuro. B no enciende la luz y se viste. Cuando sale de su habitación su padre está sentado a la mesa, leyendo un periódico deportivo del día anterior y el desayuno está hecho. Café y huevos a la ranchera. B saluda a su padre y entra en el baño.
Ahora reescribamos el fragmento según quién cuenta la historia: el narrador protagonista, el narrador testigo o el narrador observador.
Narración del protagonista
Esta noche no he soñado nada. O quizás me haya olvidado al despertar.
Oigo a papá salir del baño. Miro por la ventana: está oscuro. Debemos marchar a las seis para coger el avión a Acapulco. Buf, no quiero ir a este estúpido viaje. Me visto a oscuras y me dirijo a la cocina. Papá está leyendo el Marca de ayer. Ya ha hecho el desayuno: café y huevos a la ranchera.
– Hola – lo saludo -. ¿Entonces vamos a Italia?
– Acapulco está en México, Berni. Te lo he dicho mil veces.
– Okay, voy al baño – no pienso decir ni una palabra más.
Narración del testigo
Menos mal que Maite ha permitido que Berni duerma conmigo esta noche: no sé cómo haríamos para coger a tiempo el avión. Hay que salir de casa a las seis. Dejo libre el baño y voy a la cocina a prepararle mi desayuno especial: café y huevos a la ranchera. Se lo dejo en la mesa y me siento para echarle un vistazo al Marca de ayer. Al rato, Berni aparece con cara de pocos amigos.
– Hola. ¿Entonces vamos a Italia?
– Acapulco está en México, Berni. Te lo he dicho mil veces.
– Okay, voy al baño – es todo cuanto dice antes de salir.
Narración del observador
La luz de la cocina está encendida. Seguramente el padre le está preparando el desayuno a ese mocoso asqueroso que no sabe ni hacer la cama. Y no me extrañaría nada que fuesen los huevos esos raros de los que me había hablado el chaval. Puf, se debe de creer muy inglés el señor. Pero qué raro, ¿desayunando tan temprano? Irán a algún sitio, supongo. ¿Pero a dónde podrán ir a estas horas?
Anda, mira, ahí está el niñato, con la misma cara de muerto de siempre. Se ve que no superó lo de sus padres. Que le den, la madre hacía mucho ruido. ¿Y ahora a dónde va?
Conclusión
Como habrás podido observar, el narrador protagonista es el niño y el testigo es el padre. ¿Pero quién se esconde tras el narrador observador? En este caso, como el texto original no da pistas de que pueda haber alguno, es necesario tirar de imaginación. Por cómo está narrado, podríamos pensar que se trata de algún vecino o vecina que los está observando desde la ventana. Yo me lo he imaginado como la vecina fisgona amargada.
Cada narración por separado te da pistas de la historia en conjunto. Por ejemplo, al leer la perspectiva de Berni, podemos intuir que se trata de un niño o de un adolescente al que no le hace ninguna gracia, por el motivo que sea, hacer ese viaje. Si nos centramos en la del padre, deducimos que es divorciado y que ha conseguido que su ex mujer le deje llevarse al niño. En cambio, la de la vecina fisgona ya te hace pensar que viven en un entorno donde hay vecinos cerca (un edificio, por ejemplo), ya que puede alcanzar a ver (posiblemente desde un balcón o una ventana) algunos sucesos.
Así pues, aunque todos hablen en primera persona, no tienen el mismo nivel de importancia: el narrador protagonista asiste a la historia y la encarna, compartiendo sus pensamientos y emociones desde una visión subjetiva. El narrador testigo no es el centro de atención en la historia, pero está presente (es secundario) y ofrece una mirada algo más objetiva que la del primero. Por último, el narrador observador no participa en la historia, es externo, habla en tercera persona y tiene una visión limitada de la misma.


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