
Imagen generada con IA
No voy a contarte nada sobre este relato. Así es. Te invito a que lo leas, a que lo acompañes y a que te acompañe. A que lo atravieses y que te atraviese. A que tomes conciencia y que, incluso, pueda servir como herramienta útil. Te dejo a solas con él.
Fase uno: los preparativos
Tus padres aparecieron en la sala acompañados por nuestro cuidador, el señor de cara seria que a veces hacía guardia delante de la puerta como si fuéramos a escaparnos. Una niña de no más de ocho años intentó colarse en la habitación. Tu padre se giró hacia ella, contrariado.
—No, Ialma. Tú te quedas fuera con el abuelo —ordenó.
—¡Pero yo también quiero elegirla! —protestó la niña.
—Esto no, te dejamos elegir los otros detalles.
La niña se cruzó de brazos y, tras un intento fallido de convencer al padre con una mirada de cachorro, se dio la vuelta y salió de la habitación. Éramos varias candidatas y todas estaban nerviosas por ser la afortunada. Todas menos yo. No me hacía especial ilusión acompañarte en tu nueva etapa. ¿Acaso querías tenerme como amiga? No podía hablar contigo como un humano. ¿Por qué ibas a fijarte en mí?
El señor de cara seria nombró las características particulares de cada una de nosotras y nuestro precio. Nunca entendí por qué se hace negocio con esto. Mientras tu padre discutía el precio con el señor, tu madre, ajena a la conversación, repasó con la mirada a mis compañeras hasta llegar a mí. Le sostuve la mirada, rígida. Se acercó con cautela, me acarició con suavidad un par de veces y, en un momento de silencio, dijo:
—Esta. Llevamos esta, Ton.
Él no le replicó, creo que porque yo era asequible en comparación con algunas de mis iguales. La mujer me tomó entre sus brazos y me mantuvo todo el tiempo pegada a ella. Me trataba con una ternura que nunca imaginé recibir. A veces lloraba —deduzco que por la emoción— y el calor de sus lágrimas resbalaba por mi cuerpo frío. Esa nueva sensación me reconfortó.
Fase dos: presentación del evento
Parecía que todo el mundo había acordado vestir del mismo color oscuro. Tu hermana era la única excepción, pues a ella la vistieron de blanco. Destacaba entre la multitud como esa estrellita del cielo en medio de la noche.
El moderador del evento no hacía más que repetir el mismo discurso con distintas palabras. Tú estabas en el centro de la sala, con la mirada dispersa. Todos te miraban en silencio mientras el moderador dirigía una especie de danza que bien podría parecer un mantra: arriba, abajo, de rodillas. Luego le pasó el micrófono a tus padres para que te dedicaran unas palabras. El discurso de tu padre duró menos de un minuto; apenas dijo que eras un chico decidido y dedicado, y enseguida le cedió la palabra a tu madre. Ella, que me mantenía en su regazo, te alabó durante más tiempo y sin olvidar expresar lo orgullosa que estaba de ti.
—Reconozco que al principio no confiaba en tus sueños —confesó sin dejar de mirarte—, pero tú siempre creíste en ellos a pesar de nuestro rechazo. Hiciste realidad lo imposible y nos dejaste con la boca abierta. ¿Quién me iba a decir a mí, cuando compré aquel kit de Borrás para tu sexto cumpleaños, que todo comenzaría en ese preciso momento?
Entre otras anécdotas de tu infancia, contó que te encantaban las escapadas familiares al Mediterráneo, donde, paseando por la playa, le confiabas a tu hermana algunos de tus secretos mágicos, como hacer ver que te tragabas una cuchara y que te salía por la parte baja del pantalón: su truco favorito. Siguió hablando durante unos diez largos minutos.
—No importa cuántos años pasen ni dónde te encuentres. Siempre vas a ser mi hijo —concluyó.
La pequeña Ialma también quería hablar, pero no la dejaron. Ton pareció ver las intenciones de la niña y la tomó del brazo para alejarla de ti todo lo posible. No quería que viera la fea herida que llevabas en el cuello.
Fase tres: El Gran Truco
Después de la presentación, nos dirigimos en coche a una especie de fábrica alejada unos cuantos kilómetros de la ciudad. A Ialma le llamó la atención, tanto que preguntó si era la Fábrica de Pociones del Hada Madrina de Shrek. Ninguno de tus padres respondió.
El interior de la fábrica era muy distinto a su exterior: un entorno cálido, paredes de colores luminosos y varias salas. Un hombre de traje y corbata nos acompañó a una de las salas, reservada para nosotros. En ella había varios sillones con pinta de cómodos, pero solo tu hermana se sentó. Probó cada uno de ellos, no paraba quieta. Ton le dedicó una mirada que hizo que la niña eligiera uno y se quedase en él. Eso sí, sin dejar de mover las piernas, que le colgaban. Yo seguía en brazos de tu madre. Me apretaba con fuerza contra su pecho.
Frente a nosotros había una ventana alargada con la persiana bajada. El hombre de traje cerró la puerta y el silencio reinó en la habitación. Incluso Ialma, un terremoto con patas, se volvió estatua. Cuando pasaron un par de minutos, la persiana se subió automáticamente y apareció una cama de madera con tapa, colocada en una cinta que conectaba con una puerta corredera metálica en la pared, también de metal. Sentí cómo a tu madre se le cortaba la respiración. El silencio se volvió denso, afilado, agudo.
—Papá —rompió la voz de la niña, que sonaba preocupada—, ¿dónde está Brei?
El hombre cerró los ojos y apretó la mandíbula. Segundos después, los abrió y miró a su hija. En ellos se reflejaba la sangre de aquella herida que te atravesaba el cuello de un extremo a otro.
—Ven —la niña obedeció. La tomó en brazos y señaló el cristal—. Ves esa caja, ¿verdad? Brei está dentro. Va a realizar El Gran Truco.
—¿El Gran Truco? —repitió la niña, entusiasmada—. Nunca me habló de ese. ¿Qué va a hacer?
—Se va a convertir en arena de playa.
Apenas lo dijo, la cinta empezó a moverse, llevando la cama de Brei hacia la puerta de metal, ya abierta. Una vez dentro, se cerró y se oyó un ruido procedente de esa pared, como si algo estuviera ocurriendo allí dentro. La persiana se bajó al instante. Tu madre temblaba como una hoja y temí por mi seguridad, pues pensé que en cualquier momento le fallarían los brazos y me dejaría caer. Pero la fuerza con la que Ton nos abrazó me hizo perder el miedo. En ese instante, el hombre de antes abrió la puerta y se dirigió a nosotros.
—El proceso tardará unas dos horas, no es necesario que se queden aquí. Les avisaremos cuando termine. Pero necesito llevar esto —me señaló.
Tu padre le metió un sobre en el bolsillo de la americana. Le dijo algo al oído y el hombre asintió antes de cogerme. Me había acostumbrado al olor de tu madre y me sentí muy extraña al separarme de ella. El calor desapareció; me invadió de nuevo el frío con el que nací. Una parte de mí quería quedarse con esa mujer, afincarme en los brazos que más cariño me mostraron, ver a la pequeña Ialma desde ahí arriba. Pero era consciente de que mi destino no era ese. Mi destino eras tú, Brei. Al fin y al cabo, yo formaba parte de tu truco.
Fase cuatro: demostración del resultado
Al día siguiente, acudieron al lugar de la demostración menos personas de las que fueron a la presentación. No vestían exactamente igual que en el anterior evento, pero sí mantenían un tono oscuro. La excepción, por supuesto, era Ialma: llevaba el mismo vestido blanco. A diferencia de la otra vez, el moderador apenas habló. Se limitó a hacer un gesto con los dedos de arriba a abajo y de izquierda a derecha, tres veces, en el agujero donde íbamos a ser escondidos.
Pesabas, no voy a mentir. Jamás imaginé que el polvo pudiera pesar tanto. Como si nos fuéramos a quebrar, nos depositaron con sumo cuidado en el fondo del agujero y observé cómo nos miraban con asombro.
—Es increíble, Lupe —comentaba una mujer que estaba al lado de tu madre—. No somos nada.
Lupe apretaba entre las manos una cuchara con tintes rojizos. Podía apreciar en su mirada todo el peso que se le venía encima, aún más del que llevaba yo. Ialma se soltó de la mano de tu padre y corrió hacia mí. Nadie hizo nada por detenerla. Se inclinó y observó la profundidad del agujero. Gateó hasta donde me encontraba y me abrazó.
—Yo me quedo aquí —avisó.
Se escucharon exclamaciones y murmullos entre algunos, pero todos seguían sin mover un dedo. El hombre de traje y corbata del día anterior fue el único que se precipitó al agujero para sacar de allí a la niña. Cuando se la entregó a tus padres, Lupe no reaccionó, parecía haber entrado en shock. En cambio, Ton miraba a la niña con ojos ardientes.
—¿Cómo se te ocurre? ¿Qué pretendías hacer ahí? —le preguntó, notablemente enfadado.
—Yo también quiero ser arena de playa. ¿Solo él puede?
Tu madre rompió el candado de sus ojos y lloró sin reparo alguno. La niña no insistió más en el tema y volvió con tu padre. Acto seguido, se llevó una mano a la cabeza y corrió de nuevo hacia mí. Ton fue tras ella. Estaba a punto de agarrarla pero, cuando vio que llevaba la mano al calcetín, se detuvo. De allí sacó una concha que dejó junto a mí. Tu padre la interrogó con la mirada.
—Todas las playas tienen conchas —se limitó a decir.
Los allí presentes permanecieron en silencio mientras el hombre de traje, una vez dejó un sobre en el agujero, se dispuso a colocar una lámina de piedra frente a nosotros, condenándonos a la oscuridad eterna. La última luz que vi fue la de Ialma y su vestido blanco.
Nuevo hogar
No te vi nacer. No sé cuál era tu grupo sanguíneo. Ni cuánto tiempo tardaste en aprender a caminar, ni cuál fue tu primera palabra. Tampoco sé qué tipo de estudiante eras en el colegio, si preferías las asignaturas de ciencias o de letras. Ni siquiera sé si alguna vez te enamoraste o si se enamoraron de ti.
En realidad, no te conozco y aún así aquí estamos, juntos. Supongo que el pasado ya carece de relevancia; da igual quién eras en su momento. Lo que importa es el presente, el tiempo que vamos a pasar tú y yo hasta que la vida nos separe. ¿Sucederá eso? ¿Revertirás tu magia? Si no lo hiciste hasta ahora, dudo que lo hagas. Porque ha pasado mucho tiempo, ¿no? O tal vez han pasado solo unas horas o un par de días. No sé, el negro me hace perder toda noción.
¿Sabes? Me da pena la última imagen que les diste a tus familiares. Ese corte mal cosido en el cuello que delataba la labor de los médicos por salvarte de la cuchara que tragaste en tu número final. Pero ya lo sabías, ¿verdad? La nota de despedida que dejaste y que el hombre de traje leyó conmigo en la fábrica antes de depositarte en mí es prueba de que tu número no fue tan fallido como quisiste hacer creer. Gran truco, Brei. Nadie ajeno a la carta sospechó nada. De la misma forma que nadie conoció los verdaderos motivos por los que decidiste ser arena en otra playa.

Deja un comentario