En el artículo de hoy, te propongo una reescritura propia que parte de Continuidad de los parques, relato de Julio Cortázar. Esta versión no busca reproducir el cuento: pretende dialogar con él desde otro punto de vista narrativo.
En el texto original, el narrador explora la relación entre el lector y la ficción hasta borrar los límites entre ambos planos, convirtiendo el acto de leer en una experiencia inquietante y decisiva. Por si no lo has leído, te pongo en contexto: en Continuidad de los parques, un hombre retoma la lectura de una novela en el sillón de terciopelo verde de su estudio. A medida que va pasando las páginas, el relato que tiene entre manos —la historia de dos amantes que planean un asesinato— adquiere una continuidad inquietante con su propia realidad. La frontera entre la ficción y el mundo del lector se vuelve cada vez más difusa hasta desembocar en un final perturbador.
Te invito a esta nueva forma de leerlo, de cruzar la frontera. Espero que lo disfrutes.
Continuidad de los parques (reescritura creativa)
No me encontré entre tus prioridades durante un tiempo. Tu trabajo fue más importante que yo. Pero supe ganarte poco a poco, comenzando en aquel viaje en el tren de vuelta a la finca. Con sutileza, te hice creer que eras tú quien me estaba dando a mí una oportunidad. Lentamente, te fui haciendo las ganas.
Esa tarde, apartaste de un plumazo de tu mente todas las responsabilidades y me metiste en tu estudio, la habitación con las vistas más bonitas de toda la casa. Te acomodaste en tu sillón favorito y quisiste llegar al final de la historia. Sabía que no podrías resistirte a mis encantos.
Me abriste como nunca lo había hecho nadie. Con una mano recorrías el terciopelo verde del sillón y mientras, con la otra, acariciabas mi contorno con la misma delicadeza. Devorabas cada parte de mí, ansiando llegar a más. Pude ver en primer plano cómo disfrutabas de cada acto que te iba revelando. Y fue entonces cuando te revelé sin ensayos el mayor de todos ellos:
El último encuentro de los dos amantes en la cabaña del monte. Las caricias y besos furtivos. El plan trazado. Cartas a su favor y en contra.
Me mirabas con la misma pasión con la que se miraron los amantes en algún momento. Absorto ante lo que te estaba mostrando, contemplabas en mi interior cómo el hombre y la mujer salían y tomaban caminos distintos una vez caída la noche. El primero corrió dirección sur, hacia la casa. Siguió a rajatabla las indicaciones de su amada hasta dar con la puerta del salón, la cual abrió sin que te dieras cuenta.
Creías que ibas a encontrar el anhelado final en mí, ¿verdad? Pobre iluso. Ajeno a la maldición que se cernía sobre ti desde el primer momento en que me viste, no imaginabas que ibas a encontrarlo a escasos centímetros de tu sillón de terciopelo verde.


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