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Lo ominoso es aquello que ya conocemos y que adquiere una naturaleza inquietante y amenazadora cuando lo contemplamos de nuevo. Puede tratarse de un trauma del pasado que vuelve a salir a la luz, una frase, o incluso objetos y personas que, vistos con una luz nueva, resultan extraños.
Memorial, de Elvira Navarro, sirve como ejemplo de esta técnica narrativa. En él, una mujer descubre que su madre muerta sigue subiendo fotos y recuerdos al perfil de Facebook. La familiaridad de la propia memoria, la repetición y el extrañamiento de los hechos, inquietantes, descontextualizados y contemplados desde lo sobrenatural, hacen que la protagonista llegue a la locura.
El reloj del abuelo es un relato en el que he intentado plasmar esta misma técnica que utilizó Navarro en su obra. ¡Espero que lo disfrutes!
Las tres y cuarto. En quince minutos empezaba el entrenamiento y aún teníamos que recoger a papá del trabajo. Detestaba andar con el tiempo justo.
— ¿No te quitas el reloj? — preguntó mamá desde el asiento del conductor.
Siempre lo dejaba en el escritorio cuando iba a basket, pero aquel día se me había olvidado con las prisas. Mamá me mataría si le pasase algo: se trataba ni más ni menos que del Courrèges de plata del abuelo, el que siempre llevaba consigo y quería que yo tuviese. A ella le había dejado el Jaguar con correa de piel. Lo puse en la guantera lateral.
Al terminar el entrenamiento, nada más subir al coche, me lo puse y miré la hora: las cuatro y cuarto. Debería marcar y media, pero siempre se paraba quince minutos desde que arrancábamos para salir. Cuando llegaba a casa, tenía por costumbre hacer una nueva comprobación en el reloj de la cocina, ese Casio tan añejo como los licores de papá, y ponía en hora el mío. Nunca le di importancia, pues hacía lo mismo desde que lo heredé. Mamá comentaba que quizás se trataba de uno de esos relojes que funcionaban con el pulso y por eso se paraba cuando me lo quitaba. Sin embargo, el abuelo me había explicado que eso era un falso mito, que mucha gente le iba a la relojería pensando lo mismo; pero en realidad son automáticos, capaces de darse cuerda a sí mismos solo con el movimiento de la muñeca.
Quise confirmar esto último así que, durante días, lo miraba cada cinco minutos y me lo quitaba varias veces por si se paraba. Que no tuviera segundero me obligaba a prestarle mayor atención, solo descansaba para comer. No obstante, todo seguía igual. Una vez hecha la comprobación de que no era automático ni funcionaba con el pulso, un día decidí llevarlo a la cocina a la hora de comer para confirmar mi segunda sospecha. Allí, mientras papá y mamá debatían qué coche comprarían y quién se quedaría con el viejo, mi vista pasaba del Casio al Courrèges. Cuando el segundero del primero se posó en el doce, sentenciando las tres y cuarto, el corazón se me detuvo. Clavé la vista en el reloj de pulsera. Conté trescientos segundos y miré al Casio: tres y veinte. Vuelta al Courrèges: tres y cuarto. Los minutos pasaban y mi reloj seguía sin dar señales de vida. Cuando el Casio marcó las y media, el minutero del pequeño comenzó a moverse despacio, camino del minuto dieciséis. Pude constatar que se paraba a la misma hora y durante quince minutos. ¿Pero por qué? ¿Ocurriría solo con los relojes del abuelo, como si de una especie de maldición póstuma se tratase? Nunca creí en esas cosas y me negaba a hacerlo pero, dadas las circunstancias, debía descartar cualquier posibilidad.
Otra tarde, mientras mamá dormía la siesta en el sofá, me colé en su habitación y cogí el Jaguar, que solía dejarlo en la mesilla de noche. Con un reloj en cada mano, esperé a que fueran las tres y cuarto para observarlos con detenimiento. El Jaguar tampoco tenía segundero, por lo que mi atención debía ser máxima. Tras contar sesenta segundos, el minutero del de mi madre ya se había movido. El mío, por su parte, seguía paralizado. Aquello comenzó a asustarme. ¿Por qué solo le sucedía al mío? ¿Había heredado un reloj defectuoso?
Quise comentarle a mi madre con todo lujo de detalles lo que había estado haciendo a lo largo de esas semanas y mis descubrimientos al respecto. Ella no pareció sorprenderse ante mis palabras.
— Ay, cielo, seguro que se está intentando comunicar contigo — me dijo —. Esa fue la hora a la que murió, ¿sabes? Y lo de los quince minutos fue el tiempo que los médicos estuvieron intentando reanimarlo.
Me negaba a creer algo así. Tenía que ser la pila, era lo único posible. Una pila rara porque se paraba siempre a la misma hora, pero bueno. La pila, era eso. Harto de tanta tontería espiritista, fui a mi habitación a por el mini kit que me había regalado el abuelo. Antes de morir, me había enseñado a cambiar las pilas. Me dispuse a ello pero, nada más abrirlo, me di cuenta de que no podía hacer nada: no había pila que cambiar.

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